lunes 21 de febrero de 2011

La nueva

Era morena y flaquita, un poquito más baja y con lindos ojos. Juana y sus hermanos la miraban de lejos día a día. Iban al colegio Jesus Christus del pueblo de Federación y esa nena nueva les llamaba mucho la atención a todos. Juana, de 9 años, compartía con ella sus clases y apenas si la miraba. Hablarle era imposible; en esa escuela apenas si se hablaba español; la nueva no era de las más adaptadas al grupo. Ni siquiera sabían su nombre. Sólo sabían que el color de su piel, de sus ojos y su pelo era muy diferente, era el color de esos nenes que se reían de ellos en el pueblo y les gritaban cosas que no entendían.
La nueva, así pasaba sus días: tratando de aprender a hablar alemán, tratando de poder mirar a alguno de los nenes a los ojos, o en su defecto, a alguna de las monjas celadoras.
Juana si que la miraba, pero no a los ojos, apenas se asomaba por su pupitre y giraba su cuello despacio. Su hermano Isidoro le había dicho que si la nueva la miraba fijo podía hechizarla. Era tan diferente, a Juana le daba miedo pero la atraía con el mismo magnetismo que todo lo que no podía hacer....
Un lunes de vuelta en la escuela Juana empezó a notar que la nueva se sentaba más cerca que de costumbre. Sintió un sudor frío en la espalda, sentía su mirada clavada en sus trenzas rubias y ella que no podía voltearse a mirar... la tenía más cerca que nunca, no cabían dudas. Trataba de escuchar con atención, para poder percibir sus sonidos, su respiración en el banco contiguo. Trataba de olerla, sus compañeritos le habían dicho que la nueva olía diferente, Juana no sentía nada pero su mente imaginaba las fragancias más exóticas. Ya no podía escuchar la clase, era catequesis, Sor Elena le hizo una pregunta y no supo contestar... tomó su alfiler y se dirigió trémula hasta el corazón de almohadilla que representaba al niñito Jesús… Sor Elena la llevó de la oreja izquierda mientras todos sus compañeritos la miraban, atónitos… Juana cerró los ojos y clavó el alfiler… el silencio fue atroz.
Esa tarde nadie quiso sentarse con ella, todos la dejaron sola y la miraron de lejos, sólo la nueva se mantuvo cerca… pero Juana no podía dejar de temerle… sus ojos marrones la seguían donde quiera que fuera. Al salir de clases era viernes, se fue caminando con sus cosas hasta la estación cuando sintió que unos pasitos la seguían, no se atrevió a voltear sabía que era ella. Apuró el paso. Sin embargo la nueva corrió y llegó a su lado… Juana no levantaba la vista de las baldosas grises; estaba aterrada… La nueva comenzó a hablar en un alemán torpe y le dijo: no estés triste, el lunes te ayudo y le sacamos la agujita al corazón de Jesús cuando no nos ven… con miedo, pálida, se atrevió a mirarla y entonces sintió el hechizo; le impresionaron sus pestañas y cejas pobladas, su mirada recta, parecía no tenerle miedo, parecía querer ser su amiga por alguna razón, pese a todo. Juana vio todo eso pero estaba muy cerca de la estación de tren… sintió la brisa de la tarde que empezaba a caer, miró la calle vacía y corrió.

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